lunes, 19 de octubre de 2009

¿Por qué existen los dioses?






¿Por qué existen los dioses?
Ésta pregunta es difícil de responder puesto que es una pregunta ridícula desde el punto de vista de la necesidad. La naturaleza de los dioses es simplemente inexistente. Los humanos tenemos naturaleza; los animales tienen naturaleza; los elementos químicos tienen naturaleza, incluso el amor tiene naturaleza. Pero las deidades son unidades abstractas y creaciones caprichosas de la plebe que han encontrado un lugar en la falta de curiosidad y en la esperanza (si se le puede llamar así). La chusma alimenta día a día el existir de Alá y de Yahvé, un existir tan falso que el mismo mito del chupacabras moriría de envidia. Hablo de la necesidad en el sentido de que la racionalización sobre los dioses no tiene lugar, no debería tenerlo más bien. La creencia y la misma refutación sobre estos no debe existir más; no hay necesidad de filosofar acerca de algo que no se puede palpar ni comprobar, pero sí hacerlo con el objetivo de promover no hacerlo. Volver romántica la felicidad humana y las emociones no significa crear amigos imaginarios.
Pero vamos a la pregunta original “parafraseándola”: ¿Por qué la gente conserva sus deidades? En un principio, cuando la ciencia no se podía definir ni siquiera como un embrión, la curiosidad asaltaba la mente de los primeros humanos. El mundo que los rodeaba era tan mágico para ellos que su capacidad cerebral se daba un festín cada vez que había una tormenta o cada vez que un roble era devorado por las llamas provocadas por un rayo. En ese momento la ciencia daba sus primeros pasos, una ciencia plagada de inconsistencias y de improvisaciones. Y me duele nombrar al tipo de pensamiento que voy a mencionar enseguida como ciencia, pero en cierta medida lo era, ya que trataba de explicar el por qué de las cosas y además no tenía contraparte. Me refiero a la creación de seres sobrenaturales que vigilaban omnisciente mente todo lo que ocurría en su colonia de hormigas; hablo de los dioses. Aunque pudiera parecer una resolución estúpida (en nuestros tiempos) a la curiosidad de nuestros antepasados, tenemos que entender que ellos operaban con nada; no tenían nada que les pudiera poner a pensar en otra alternativa. El desarrollo del método experimental o incluso la observación no se podían ni siquiera representar con símbolos; su existencia no era ni material ni abstracta. Bajo estas premisas, se puede decir que la idea de las deidades era hasta cierto punto aceptable o usando una palabra más precisa, tolerable.
¿Qué paso con esta inocente manera de explicar su mundo? Todo era bello y armonioso en ese momento, pero de repente ese pensamiento fue embestido de manera vil por los factores control y rentabilidad. De un momento a otro (uno de los peores momentos de la historia), a quien se puede considerar como el paria de la humanidad se le ocurrió la idea de institucionalizar a los dioses, de ponerlos en nómina y poner en orden a sus mismas deidades (gran contradicción puesto que los que mandan son los de arriba, por algo son todopoderosos), la religión empezaba a contaminar el aire. Y ya que no hablamos del por qué surge la religión, ¿Cómo ayudó ésta a alimentar la necedad de los creyentes y volverlos arrogantes de una manera tan irresponsable?, es decir, ¿Por qué los dioses se volvieron tan indestructibles? Por medio del miedo y la tortura psicológica, tan simple y tan sencillo como eso. El hombre tuvo tanto miedo de no honrar a Dios (eufemismo para sacerdote) que las ovejas lo pagaron e incluso otros hombres. En estas etapas de la religión, la creencia en un(os) todo poderoso(s) era más que nada obligatoria si lo que se quería era vivir en paz y con condiciones atmosféricas decorosas. Las cosechas dependían del ánimo de Ra o de cuánto se promoviera el narcisismo de Odín. A estas alturas, todo empezaba a mostrar síntomas de una decadencia colectiva.
La ideología anterior, cuya esencia es la naturaleza y los fenómenos físicos en sí, era un buen negocio para los líderes, y el miedo que éstos promovían preocupaba a los fieles de una manera más terrenal. La consternación por no saber lo que ocurriría si Dios se enojaba era lo que mantenía viva la llama de la fe. La supervivencia era el propósito de las oraciones y las ridículas danzas a Tláloc. ¿Qué sucedió en el momento en que el ingenio del hombre lo guió por el camino de la razón y su curiosidad lo hizo ver hacia delante más que sólo arriba? ¿Qué iba a pasar con los señores de las alturas? ¿Acaso todo estaba perdido? Ésa era la esperanza de los que querían apuñalar a Zeus, que todo estuviera perdido. Pero no fue así. Los “líderes” religiosos se vieron en la necesidad de buscar una solución al inminente colapso de sus organizaciones. Idearon una manera tan sucia de corromper el pensamiento del hombre decente que la misma guerra parecía un vistazo al romanticismo de la vida. Si en un principio los dioses veían su ego motivado por el miedo a las catástrofes terrenales, ahora que eso ya no funcionaba, debían de incrementarlo por medio de algo que no pudiera ser comprobado (desmentido para mal de éste) ya que el mismo no era palpable ni visible. Aquí es donde la moral hace su aparición en la religión; éste fue el mayor crimen cometido en contra de la raza humana; ¿Cómo se atreven a involucrar la conducta humana con seres imaginarios?
Ahora la manipulación se hacia más fuerte. El miedo se había convertido en una espera al largo plazo y el castigo a los que faltaban a las leyes de los dioses se llamaba ya sea cielo o infierno, o reencarnación en bestia (y muchos otros ridículos destinos dependiendo de la religión). Después de este crimen todo se revolucionaba y la verdadera ciencia (rescatable) encontraba un espacio para hacer sus artimañas y atentados contra la burda fe. El problema era y es que el pensamiento científico no tenía armas en contra de la moral religiosa y, por lo tanto, ésta agarro un impulso incomparable. Quien no quisiera arriesgarse a sufrir quemaduras de tercer grado en las llamas del infierno al cometer un delito de carácter moral debía creer en Dios. El hombre ya no podía sentir envidia o rencor y debía renunciar a su naturaleza de hommo-sapiens o Yahvé tomaría venganza en la eternidad. Se puede decir que ya no se trataba precisamente de consentir directamente a las divinidades, sino de respetarlas y honrarlas por medio del seguimiento al pie de la letra de sus mandamientos; el pueblo creía en ellos porque creía en la ley de éstos (una ley que efectivamente había sido, de algún misterioso y milagroso modo, transmitida a los profetas que la redactaron). En el futuro, la creencia se erigiría como un pilar indestructible en un mundo dominado por el progreso práctico de la sociedad, y de manera inexplicable, la misma sería etiquetad como el modelo a seguir si se quería una vida llena de plenitud espiritual y de bienestar con uno mismo. Vil atentado.
Los muy antiguos creían en Dios porque no tenían los medios para desmentirlo. Aún tenían el beneficio de la curiosidad pero ocupado de manera inocente y errónea. Su inocencia fue violada demencialmente por la institución pero la creencia seguía viva. El miedo ya estaba presente para ese entonces. Los menos antiguos tenían la creencia de las divinidades gracias al miedo a largo plazo, y aunque la ciencia ya merodeaba en sus vidas, esto no era suficiente para detener la irresponsabilidad del hombre “pensante”. La moral tomaba su papel de controladora de la conducta y se transformaba en el brazo justiciero de Kali que mantenía abrazada la fe de los creyentes a ella. La fe moderna conserva la esencia de las dos etapas previas, pero de un modo más moderado. En nuestros tiempos la gente no es dominada por el miedo completamente (aunque es protagonista en la mayoría de los casos). La preocupación por llegar a un cielo o a un infierno sigue latente, pero los placeres cotidianos hacen pasar a ésta desapercibida. Todo es actualmente una tradición, una costumbre que le parece bella al pueblo. Los domingos de misa son un momento que deben de repetir con consistencia porque ya se encuentra registrado en la agenda permanente aunque esto no tenga ningún fin práctico y promueva reglas arcaicas que no pueden ser aplicadas en nuestro bello mundo de progreso y racionalización. Inevitablemente, la fe religiosa en nuestros días ha pasado a ser sólo una bonita idea. La religión es un modo de sufrir una culpa innecesaria por los placeres de la vida.

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